martes, 27 de marzo de 2012

Felis Antropos

Su caminar parecía el de una fiera salvaje. Su cuerpo en extremo delgado pero totalmente marcado daba la sensación de la madera tallada. Sus ojos felinos atroces con la claridad natural se movían implacables en sus órbitas al caer la noche.
Era temido por todos los habitantes de esa pequeña ciudad. A los niños se les decía que no se le acercaran porque era malo. Nadie supo nunca de dónde venía. Apareció un día en el camino de la montaña y construyó una cabaña en las tierras de nadie, entre la ciudad y el bosque de un acantilado. Cualquiera envidiaría la posición privilegiada de esa choza con el gigante de la montaña en sus espaldas que resplandecía azul en las mañanas diáfanas y el rugir del mar allá abajo en la bahía que mezclaba el olor de la sal con el del musgo forestal.
Jamás cruzó palabras por voluntad propia con nadie, sin embargo, en los primero meses de su aparición, cuando era saludado por las personas, respondía con una extrema amabilidad y cortesía que nada tenían que ver con su timbre ronco como rugido, pero la gente olvida pronto.
Un jovencito, apenas poco mayor que un niño y que tenía la desgracia (o fortuna) de haber nacido "loco", solía corretear por el rumbo de la cabaña cuando se escapaba de los ojos atentos de su madre o del médico. El chico había nacido así, y según los médicos, empeoraba cada año. Se la pasaba horas sin hacer nada, fijaba la vista como si de un muerto se tratase y sólo estaba activo cuando corría hacia la montaña con una estrella de cartón que nadie sabía de dónde había sacado.
El pobre chico al llegar a la adolescencia, fue internado en el hospital aún cuando su conducta era la misma de siempre. Y eso fue lo que provocó todo.
Era una noche de niebla cuando se dió la alarma en toda la ciudad. El chico no estaba y al parecer había sido raptado pues era "imposible" que hubiera escapado por sus propios medios.
La reacción equivocada no se hizo esperar y el jefe de la policía armó a sus hombres y fueron directamente a la choza del hombre extraño. Al llegar notaron que no había nadie, pero encontraron un trozo de la tela de la ropa de los pacientes del hospital. Siguiendo a los perros rastreadores fueron hacia la ladera de la montaña y después de un día de camino, los vieron acampando al pie de unos peñascos.
Se apostaron alrededor esperando la orden de ataque, y cuando el chico se separó algo del hombre, dispararon...
No consiguieron herirlo, pero las balas en su trayectoria hirieron a un gato montés y a un pequeño cerdo salvaje.
El hombre se levantó, y con una calma extraordinaria caminó entre las balas que trataban de entrar en su físico, llegó al pie del gato y lo tomó en sus manos. El animal agonizaba pero después de un abrazo de este hombre tan extraño, saltó de sus brazos y se esfumó entre los matorrales. Lo mismo sucedió con el pequeño cerdo y los hombres armados no sabían qué hacer. El chico estaba agazapado contra las rocas llorando, sólo él sabía lo que sucedería a continuación. Y es que aunque los disparos cesaron, el hombre agitó un brazo y las descargas retumbaron de nuevo con el eco de la montaña... Y el hombre cayó sin vida entre la hierba.
Se habló de un accidente, nadie fue culpado por esa muerte y nunca se habló de lo que sucedió con esos animales. Como ya lo he dicho, la gente olvida pronto y nunca más se volvió a comentar nada de ese incidente.
Años después, en un pueblo cercano, un hombre llegó caminando con la montaña a sus espaldas y se instaló en la ladera... La gente lo miraba mal y su único contacto humano era un chico que después de las primeras veces que se le había visto rondar la casa del hombre extraño, traía una estrella de cartón en sus manos...
La estrella de cartón sólo tenía unas letras agrupadas casi una encima de otra y que para aquel que no sabe leer entre líneas, no significaban nada pero yo pude leer desde el día en que llegó a mis manos la verdad oculta detrás de la conducta humana...
Puedes ser la total personificación de la naturaleza pero por eso mismo no eres más que algo que no debería existir. La vida pensante se aferra tanto a la existencia que destruye sus raíces y pronto se seca.